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LAS CAUTIVAS

Para Osiris.
Tan mi padre.

La sola idea de dormir lo hace sentir desolación. Ha preferido los versos a jugar, a comer y a dormir desde que comenzó a entenderse con los libros.

La siesta le parece todavía más angustiosa, aunque nunca jamás contradice a su madre mientras desnuda sus pies, lo arropa y le acaricia la cabeza diciéndole que repose un poquito. 

No necesita descansar.

Pero qué remedio.  

Levanta la mirada y le sonríe complaciente hasta que le deja solo y melancólico mezclándose con la penumbra de la habitación. 

Allí espera con paciencia, los ojos como platos, mientras deambula por las capas profundas de su pensamiento

Espera quieto, quieto, quieto… hasta que de pronto el olor del pan recién horneado levanta el toque de queda para poder calzarse las alpargatas e intentar, como siempre, escabullirse atravesando la cocina con sigilo.

Una palabra y la sonrisa de unos ojos brillantes le estropearán los planes una vez más.

 

 

—”Espera.” —Dice tajante la madre.

Y le impone un bocadillo de pan casero tibio con mantequilla y queso y dulce que huele a gloria bendita.

—”Toma. Vete, pero come.“— Y le da la espalda desbordando ternura por todos los poros del cuerpo.

No necesitan hablar.

Él ya sabe que ella sonríe porque su madre es la callada cómplice de sus rarezas. Sus ojos de niño poeta también sonríen mientras se desliza como una sombra bordeando la puerta de la cocina hasta el patio.

Cuando la tarde estira sus brazos hacia el horizonte lo encuentra siempre junto al río, en cuclillas, debajo de unos sauces llorones, mordisqueando su pan y esperando que lleguen los bichos.

Entonces las luciérnagas brotan de pronto, como un estallido de coplas en el aire, llenando de fuego su pecho de niño que las contempla agazapado como un gato callejero. 

No se mueve. Casi no respira. Las mide con ojos de pequeño cazador furtivo.

 

Durante la cacería siente como un puño estrujándole el alma. 

Da manotazos al aire hasta cazar una veintena y las confina en un tubo de cristal destinado para su secreto.

Terminada la dudosa hazaña vuelve a ser el cachorro flaco y desgarbado contemplando su tesoro con codicia y con cierta desazón que él mismo todavía no alcanza a entender bien.

Casi es medianoche cuando la madre lo arropa, lo besa y sopla el candil, dejando al marcharse ese perfume a jazmines en el aire.

Bajo las sábanas, subrepticiamente, el muchacho hace rodar sobre los versos su cristal de luces cautivas hasta que la madrugada azulea en la habitación arrullada por el grillerío.

Sin darse cuenta ni quererlo se ha quedado dormido y ahora el sol y el desconsuelo le dan de pleno en su cara de luna.

 

Siempre se siente traidor cuando descubre que se ha dormido, desde el día en que aprendió que las luciérnagas no apagan la luz al morir.

Por eso desde entonces este niño que no quiere dormir se negará a confinar estrellas para dejar que se extingan olvidadas y sin destino.

Pilar Rodríguez-Castillos

Notas encontradas por ahí – Enero de 2003

 

He venido aquí a hablar de mi libro

Si todo va bien mi novela estará disponible en las librerías a mediados de noviembre.

No te puedo decir nada sobre ella pero si andas por aquí quizás te dé (de vez en cuando) algunas pistas.

Y cuando la bauticemos podrás ser de las VIPS que reciban una invitación para acompañarme en la presentación.

Por cierto…

¿Qué crees que significa toda esta historia?

¡Cuéntamelo aquí debajo en los comentarios! 

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