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Esperando que volviera

(Crónica de una despedida urgente)

Para muchos puede ser más sensato vivir sepultados en el barro de una mentira que patear la puerta y largarse a respirar un poco de algo verdadero.

Incluso traicionarse a sí mismos puede parecerles mejor que la soledad y creo que pocos comprenden que la verdad, de natural insumiso, siempre termina por rajar gargantas.

A mí me habría gustado poder recordar nuestra desnudez como la de unos amantes esmerados y generosos, en busca de un pulso, una afinidad, un equilibrio.

Pero siempre termino echando en falta un atisbo de ternura, entre las risas impostadas y el cansancio, luego de habernos engolfado tardes enteras en la cama más próxima a donde nos asaltaran las ganas y el apremio.

Desconozco por qué aquella primera voracidad me llegó a parecer trascendente aunque si sé que bien pronto comprendí que, consumido el primer deseo, todo eran páginas en blanco con círculos de café y borroneado de cenizas. 

Luego me recuerdo asumiendo con pasmosa tranquilidad que no existía ni la más mínima posibilidad de que él me vislumbrara. 

Y recuerdo cómo, aún sabiéndolo, no me digné a detenerme.

Recuerdo como cerré los ojos, apreté el acelerador a fondo y me dediqué aceptar uno por uno todos convencionalismos que siempre he despreciado con total arrogancia.

Y cómo no tardé en encontrarme obsesionada por un único objetivo imposible.

Huir de él sin abandonar el barco. 

Ese fue el día exacto en que me despeñé en caída libre justo hasta las antípodas de mi ideal de vida por un asunto de cama y empecé a hundirme sin remedio en el pantano de mi propia estupidez. 

Diez años después, durante un aburrido paseo nocturno (juntos, juntos, juntos, siempre juntos) apareció aquel bar pretencioso de luz amarillenta, en una esquina por Callao y Santa Fe. 

Con un coñac oficiando de anestesia, la verdad me reventó la boca abriéndose paso a lo bestia, y no la pude ni la quise contener.

 

«Que me voy».

 

Declararlo fue como parir.

Tremendo y glorioso a la vez.

 

En el camino de regreso mi viejo acompañante traía alma en quiebra… pero a mí aquella noche, incluso el inflamatorio calor de Buenos Aires, me parecía amigable. 

No nos mirábamos ni hablábamos y yo mantenía una seriedad impecable para ofrecer mis respetos a su duelo.

Pero entonces tuvo que detenerse y comprar aquella una rosa a la simpática florista gorda de rasgos aindiados, empujando así un tropel de culpa y de vergüenza sobre mí. 

Con mirada de ternero huérfano me ofreció la rosa y todo lo que venía con ella.

Y yo lo acepté todo: la culpa, la vergüenza y la puta rosa.

Devastada a la vez que con renovadas ganas de escapar, apenas tuve reflejos para evitar el beso de marras y me sentí ofendida por ser arrastrada a una escena cutre de telenovela mexicana. 

Reconozco que también me molestó que no supiera nada de mí hasta ese extremo tan insultante.

Tanta furia sentí allí de pie con la rosa en la mano, muda y con la mirada perforando el pavimento, que me puse a escarbar con urgencia el sitio que había intentado asignarle a aquel hombre en mis afectos.

Iba en busca de algún indicio, alguna clave, algo que me permitiera levantar la mirada y mirarle mejor que como me estaba sintiendo en aquel momento.

Fué inútil.

El vértigo ante el vacío que me encontré me hizo pensar que quizás debía dar una oportunidad a aquella historia, desde la premisa de que nadie se merece tanto desamor. 

En realidad apenas conmovida decidí levantar los ojos e intentar una mirada mejor. Pero al encontrarme con la suya, me di cuenta de que él no renegaba del vacío.

Me di cuenta de que él no era capaz de entender la intensidad con que yo podía sentir tanto lo bueno como lo malo.

Comprendí que aunque hubiera conseguido tener acceso a mi mundo, le habría parecido raro y hasta incómodo, así que cómplice conmigo misma sonreí adentrándome en un silencio de muerte y comencé a andar de nuevo con la rosa colgando de las puntas de los dedos. 

Ese día decidí que no volvería a detenerme.

Una alegría justificada me embriagaba porque, suponiendo que el amor nos hubiera sobrevolado alguna vez, se había marchado nada más llegar. 

Y no sería yo la que me quedara allí un sólo instante más de mi vida esperando que volviera.

Pilar Rodríguez-Castillos

Notas encontradas por ahí – Agosto de 2006

 

He venido aquí a hablar de mi libro

Si todo va bien mi novela estará disponible en las librerías a mediados de noviembre.

No te puedo decir nada sobre ella pero si andas por aquí quizás te de (de vez en cuando) algunas pistas.

Y cuando la bauticemos podrás ser de las VIPS que reciban una invitación para acompañarme en la presentación.

Por cierto…

¿Qué crees que significa toda esta historia?

¡Cuéntamelo aquí debajo en los comentarios! 

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